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Me gusta tanto como a tí... Juguemos a disfrutar del placer por el placer. ¿Qué es lo que más te gusta?, ¿Dónde te gusta?, ¿Cómo?. Algunas ideas para.... (Mayores de 18 años.)

miércoles, 9 de abril de 2008

La historia de Zoe. De la serie: La historia de Zoe - I

Capitulo I. Las razones.

¿Saben que me dijo Zoe cuando le pregunte que por que no escribía ella su propia historia?, Me dijo que ahora estaba muy contenta consigo misma y que si se paraba a pensar lo que tenía que contar, se arrepentiría de lo que había hecho. Obviamente no entendí nada, pero me intrigó.

Ese fin de semana tenía el sábado por la noche libre. Decidió que podía ir a Valencia. Quedaba cerca, tenia más posibilidades de éxito y menos de posibilidades de que la reconocieran. Hacía mucho tiempo que no salía a dejarse cazar. Desde su época de facultad. Bastante tiempo después se dio cuenta de que quien elegía las piezas era ella. Ahora era una chica de mediana edad, que con una minifalda y un suéter ajustado, podía hacer saltar los botones de la bragueta de cualquier jovenzuelo con solo una mirada. Y eso pensaba hacer.

Pero mejor, haré las presentaciones. Mi nombre no importa, si os apetece podéis llamarme… ¿Pepe?. Mi única misión será la de transcribir lo que ella me cuente. Eso si, me tomaré mis licencias poéticas. Espero. He pasado bastante tempo escribiendo para fancines, revistas de medio pelo y todo aquello que permitiese aumentar mi escaso sueldo de periodista. Llevo unas cuantas citas con Zoe, y me estoy empezando a enganchar. Siempre quedamos en un pequeño “pub”, en un edificio antiguo del centro de la ciudad, que abre a mediodía. No hay mucha gente, la música esta relativamente alta y siempre nos sentamos lejos de los posibles oídos curiosos. Desde luego es necesario. Me gustaría quedar en un sitio más íntimo y que me siguiera contando sus últimos meses, pero es imposible. Y nada recomendable.

Cenó tranquilamente en una pizzería y se tomó una copa en una terraza cercana. Vio pasar a muchos hombres por la calle hacía la zona de garitos cercana. Se percató de que casi todos seguían con la mirada sus piernas, desde los tobillos hasta lo más alto de sus muslos y después posaban sus ojos sobre las tetas. Sería fácil. A una hora prudencial fue buscando un local que le gustase. Cerca de la una y medía lo encontró. La mayoría eran más jóvenes que ella, pero no mucho. El ambiente era distendido gracias al alcohol. Muchos bailaban o saltaban, pero una buena parte estaba más pendiente de los movimientos de los grupitos de distinto sexo que se pavoneaban por la sala. Miro con atención y catalogó a las presas.

Describir a Zoe será más sencillo. ¿Cuantas mujeres serán como ella?, al menos a primera vista. Treinta y algunos, morena, bien físicamente y de talla medía. Normalmente viste con pantalones vaqueros, con suéter largo y holgado. De estudios universitarios medios y educada, con buenos modales. En apariencia la definiría como Normalita pero resultona. En apariencia hay miles como ella. En apariencia.

No fue hasta que un chico de veintimuchos, alto y de atuendo cuidado, se acercó a pedir algo a la barra y se apostó junto a ella. En un principio no la había visto pero giró a escrutar la barra de forma automática. Le gustaba dejarse ver. Su mirada se cruzó con la de ella y recibió una leve sonrisa. Ya había echado el anzuelo, la presa lo había mordido y no se resistió en absoluto. Estudiaba arquitectura, su enésimo año. Venia de buena familia, hacia deportes extremos ¿Surfing extremo? Desde luego era un engreído y tenía alta su propia estima. Mejor. Después de tirárselo no tendría remordimientos.

Todo empezó cuando pilló a una jovencita practicándole una felación a su marido en su despacho de la gestoría que regenta. Ese día pensó que debía cambiar algo en su vida. Creía que debía dejar su monótona existencia y comenzó por sorprender a su marido invitándole a comer. Se imaginó que él le ayudaría a conseguir que no todo fuera trabajar, comer, trabajar, cenar y algún fin de semana tener algo parecido a sexo. Desde luego lo consiguió. Su vida ya no fue igual.

Pronto le dijo que compartía piso con otros compañeros dos manzanas más abajo y que en el mejor de los casos tardarían unas horas en volver. Accedió a acompañarle. Por el camino el la cogía por el costado y bajaba la mano hasta su culo, apretándolo y masajeándolo. Sin embargo no estaba dispuesta a que llegarán a algo más “íntimo”. Cuando el chico intentaba besarla, apartaba la cara y le llevaba la mano a los senos o a la cintura. El pareció entenderlo y se hacía el indiferente. Tenía lo que quería. Llegaron al piso compartido. No había nadie.

Zoe se fue a su casa a llorar. Lo hizo durante un tiempo, varias semanas. Lloraba cuando estaba sola en casa o en el despacho. Su marido no se enteró de nada. Tan extasiado estaba cuando Zoe entreabrió la puerta y los observó desde la entrada, que ni notó la leve corriente de aire producida cuando ella se fue. Tampoco se enteró del estado de apatía general de ella. El tenía la cena preparada cuando llegaba, seguía viendo sus series favoritas mientras ella leía, y no se veía obligado tan a menudo, una vez cada semana o cada dos, a satisfacerla sexualmente. De hecho, lo hacían cuando él quería y nunca se llevaba reproches.

Apenas entraron en su habitación, el chico le subió la falda hasta la cintura y comenzó a sobarla nerviosamente, mientras le mordía los senos por encima del suéter, que pronto desapareció de su cuerpo. Se vio tirada en la cama, sin bragas. Mientras el chico le masajeaba el coño, iba chupándole lascivamente las tetas. No se encontraba a gusto, pero ya que había llegado hasta allí, lo mejor era intentar pasarlo lo mejor posible. Ese momento coincidió con la entrada del dedo del chico en su vagina. Sin darse cuenta, comenzó a ponerse húmeda. Un par de mordiscos en los pezones le hicieron gemir más por daño que por placer, momento que aprovechó el chico para quitarse la ropa y abrirle las piernas mientras le introducía el dedo repetidamente. Ella aprovechó para ponerle el condón. Enseguida, el se puso frente a ella y después de un par de intentos, la penetró. Afortunadamente no era un miembro muy grande. Poco a poco fue cogiendo ritmo y ella comenzó a sentir placer. De su cuerpo, solo lo notaba entrando y saliendo, y esa especie de asepsia le agradó. De repente, él se aceleró y se corrió con dos fuertes sacudidas.

Durante una temporada estuvo meditando que hacer. Pasó por todos los estados posibles antes de decidir que debía hacer algo. Odio, tristeza, soledad, aceptación. Dió muchas vueltas al asunto y sopesó todas las posibilidades de su situación antes de rehacer su vida. Lo primero fue buscar una compañía de detectives para que le prepararan un informe por si las cosas se ponían mal. Pese a que no les costó mucho conseguir las pruebas necesarias de la infidelidad de su marido, fueron las peores semanas de su vida. Necesitaba aquello como una reafirmación de que lo que iba suceder a partir de aquel momento, tenía su fundamento y que además, sería el pistoletazo de salida de una nueva Zoe. Mejor o peor, pero nueva. Decidió que le pagaría con la misma moneda y que él estaría presente cuando ocurriese. Sin embargo estaba todavía llena de temores. Creía que en el momento debido, no podría hacerlo y se vendría abajo. Zoe decidió que primero debía ensayar y coger practica.

Ella se vistió deprisa. El chico le preguntó si quería quedarse, casi por pura educación. Salió de la casa, de la ciudad y de la provincia como un robot. Sin pensar. Cuando llego a casa miró el reloj. Se duchó, se puso su pijama y acostada en la cama pensó en como había ido la noche. Tenía un par de horas antes de que su marido llegara medio borracho, después de su cena bimensual con sus colegas del pádel. Para ser su primera infidelidad fue sencillamente desastrosa. No lo pasó bien, no recibió nada que no hubiese tenido hasta entonces y además se notaba sucia. Zoe estuvo llorando hasta que escuchó a su marido abrir la puerta. Por fortuna, se echo junto a ella procurando no despertarla.

Fotografía: Martin Kovalik

P.D.: Muchas gracias a S.C.C. por su inestimable ayuda.

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